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LA JOVEN GUARDIA
Pintura fresca.
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LA JOVEN GUARDIA
PINTURA Fresca
Experimentan sin límites y se valen de todo tipo de técnicas y soportes.
El pincel, la gubia, la cámara, la trincheta o su propio cuerpo. Para esta nueva generación de creadores el arte contemporáneo no cabe en un marco.
¿Qué tal pinta la obra de los artistas uruguayos de ahora?

Por Macarena Langleib. Fotografíaas: Pablo Rivara.

Lo esperado era que predominaran los nuevos medios. Sin embargo, a los chicos de hoy no les importa mucho.
Trabajan en lo que se les ocurre: un día es en video, al otro es en dibujo, y si después tiene que ser una performance, también.
Hay otros que se mantienen en la pintura, supongo porque vivimos en un país donde existe una tradición a la que nadie escapa. Pero estos mismos eventualmente hacen otras cosas.
Las fronteras, por suerte, se rompieron”.
Así describe a los nuevos creadores Gustavo Tabares, coordinador del Programa de Artes Visuales del Ministerio de Educación y Cultura. Codirector de la galería Marte Upmarket, Tabares, que también es artista y curador, sostiene que “a diferencia de otras generaciones, les va bien porque empezó un movimiento que antes no había.
 

Sigue siendo un mercado inmaduro, poco profesional, pero está un poco más dinamizado”. En la misma línea va la opinión de la ex directora del Museo Nacional de Artes Visuales. “Existe una nueva generación que tiene mayor libertad, menos culpa de buscar el éxito.
Son hipercríticos, se sirven del lenguaje que necesitan y lo utilizan con una estrategia conceptual, para lo cual cada vez es más importante la formación”, sostiene Jacqueline Lacasa.
Pincho Casanova, gestor de El monitor plástico, espacio que emite Canal 5, descree de los órdenes etarios. “Hay pintores septuagenarios que se largan a la instalación y veinteañeros que toman el pincel y se aproximan cuidadosamente a la tela. Las clasificaciones ponen un mojón referencial para ayudar al lego a rumbearse en el tupido universo del arte, pero pueden significar lentes deformantes

 

en la percepción directa de la obra”. Obligado a pensar en los jóvenes artistas como un corpus, Fernando López Lage, director de la Fundación de Arte Contemporáneo (FAC), los define como “una generación que nace en el cambio de siglo y empieza a generar obra con tópicos bastante nuevos, donde se mezclan formatos, o se desarrollan ideas parecidas pero con diferentes soportes”. ¿Qué les preocupa? “La resignificación es un gran tema. La crisis de la autoría y de la originalidad como valores. Es la misma remasterización que se da en otros ámbitos, una mirada nueva de la historia del arte o de ítems que siempre se trataron. De alguna manera lo que es el DJ a la música”.
En estas páginas, una selección arbitraria de la joven guardia que viene siendo exhibida, premiada y, en el mejor de los casos, vendida en Uruguay.

los otros
Incluso los que ignoran su carrera pueden identificarlo por el afiche de la película Whisky o la portada del disco Amanecer búho, de Buenos muchachos. Los retratos en pastel óleo con una distorsión más o menos evidente en las facciones han sido el sello de Martín verges rilla, especialmente los que llevan fondo naranja. Pero, como a todo autor contemporáneo, a este discípulo de Clever Lara tampoco le gustan demasiado los encasillamientos.
De manera que Verges, nacido hace 34 años, sostiene ahora que cuando el naranja asoma en sus obras es porque sus protagonistas pertenecen a un mismo universo.
“Me interesa la intertextualidad de los personajes”, aclara. Se desprende de lo anterior que hay muchos mundos posibles orbitando en la mente de este artista ganador del Premio Cézanne 2006, gracias al cual completó una residencia en la Cité Internationale des Arts en París y dos meses en la Maison des Auteurs en Angoulême, donde participó en un festival de comics. Verges ha expuesto sus dibujos, pinturas e instalaciones en América Latina, Estados Unidos y Europa. Participó en la I Bienal de Artes Visuales del MERCOSUR y en la V Bienal Internacional de Pintura de Cuenca. Entre otras tantas distinciones, obtuvo el Premio Banco República en el 51º Salón Nacional de Artes Plásticas y Visuales. Como artista profesional, hace años que vive de su trabajo y de la docencia. “Me gusta dibujar desde los catorce años, y por más que incorporo cosas, o desaprendo, siento que básicamente es lo mismo. Dibujar es un momento promedio en mi vida”, reflexiona ahora, cuando tiende a utilizar las propias salas como soporte de sus dibujos. Trabajos con su rúbrica están a la venta en su taller montevideano, en Buenos Aires, Puerto Rico y hasta en una pequeña galería parisina. Su obra más cotizada alcanzó los 10 mil dólares, aunque reconoce que esas sumas no se logran con frecuencia. Aparte de su camino individual, Verges desarrolla una veta de experimentación junto a Genuflexos, un colectivo que se conformó al mismo tiempo que una banda de rock, en el año 2002. “Es un grupo que intenta fusionar lo punk y lo renacentista, que suenan como cosas antitéticas y en realidad no lo son”. Hace dos años se asociaron con otros artistas para realizar expediciones a diversos parajes, donde conviven durante 15 días y, por ejemplo, cotejan la flora que encuentran con la que figura en los libros, o retratan a los habitantes. Eso fue lo que hicieron en La Coronilla, trabajo que cerraron, a su regreso, al recuperar un espacio perdido de Montevideo, reconvertido en una sala donde organizaron una muestra, un toque de la banda y la presentación de un libro que recoge el proceso de su expedición. Su propuesta, pues, interactúa con la sociedad. El interés, dicen, radica más en llevar a cabo los proyectos que en difundirlos posteriormente. “Lo más vital no está en lo consagrado; se está gestando. Por eso me interesa relacionarme con gente que no tiene vínculo con el mercado del arte. En el trabajo grupal pongo mi Mr. Hyde, mi parte oculta y latente, metiéndola en el anonimato”.
Funcionario modElo
La mayoría de la obra de Javier abreu está en Suiza, como parte de una colección privada de arte contemporáneo. Latas de atún con el rostro de El empleado del mes y fotos del personaje en grandes dimensiones con fetas de salame cubriéndole la pelada fueron la perdición del coleccionista foráneo. Abreu dice que la venta ascendió a 27 mil dólares, aunque la cifra suene desmedida para la cotización del arte local. Lo cierto es que hace apenas dos de sus 32 años que Abreu vive del arte, y desde que en 2002 presentó en sociedad a su alter ego más conocido no para de viajar. México, Chile y Alemania ya supieron de sus performances, nunca tan extremas como la vez que comió una hamburguesa de sus propios excrementos en una acción que dio en llamar Degustación de productos. Este mes, con su reciclado uniforme de la más célebre cadena de comida rápida –a la que ingresó exclusivamente para llevarse la ropa– integrará el envío uruguayo a la décima Bienal de La Habana, cuyo leitmotiv es Integración y resistencia en la era global. Justamente entre esos dos polos se ha movido Abreu en el campo artístico montevideano.
Ex alumno de Comunicación, diseño yBellasArtes (taller Musso-Seveso), la pintura figurativa forma parte de su pasado, el videoarte estuvo en sus comienzos y el conceptualismo pop es su condecorado presente.
“Hace años que no toco un pincel”, admite el ganador del último premio Paul Cézanne, que otorga la Embajada de Francia. En diciembre pasado fue distinguido además por el Centro Cultural de España en el 53º Premio Nacional de Artes Visuales, al que se presentó con una casa realizada con un billete de un dólar sobre una base que rezaba “Sudamerican buey of life”.
Con el currículum engrosado y hasta un volumen en librerías (edición de autor sin logos ni distribuidores) con el que intenta cerrar el extenso capítulo de El empleado del mes, Abreu parece contar con la legitimación del medio, aunque a través de sus obras viene postulando una burla al sistema y sus códigos, con una sonrisa sempiterna que intercambió con la de Tabaré Vázquez o una gestualidad que supo copiar de Hitler discurseando.
Miembro activo de la Fundación de Arte Contemporáneo, monitor de sala de la colección Engelman-Ost y columnista de arte en revista Freeway, Abreu no se priva de desnudar los códigos no escritos del mundillo en que se mueve: “tengo un personaje, Caín, que se prostituye para lograr un lugar en el mundo del arte. Es el joven emergente que está dispuesto a todo. Es una crítica positiva. Lo único que hago es materializar lo que veo en determinadas relaciones, porque todos sabemos que funciona así”.
madEras FamiliarEs
El orgullo de andrés santangelo son unos perros en fibra de vidrio que demandaron 60 horas de trabajo cada uno en el taller de volumen y modelado del Instituto Escuela Nacional de Bellas Artes. Después de sortear un llamado e intervenir con ellos los jardines del Museo Nacional de Artes Visuales en 2006, los tiene en el fondo de su casa de Paso Molino, rodeando un árbol al que le levantan la pata. Sus modelos fueron los pichichos que tiene como mascotas, a los que bocetó en plasticina en menor dimensión.
Dependiendo del entorno en el que vaya a implantar sus figuras, los bocetos son un dibujo o un fotomontaje. Trabajar en fibra de vidrio fue un desafío con reglas propias para este escultor nacido en 1973 y formado en el taller de Javier Nieva, en la Facultad de Arquitectura y en Bellas Artes, donde hoy es docente. Luego del boceto a escala modeló en barro a tamaño real y del resultado sacó un molde con capas de fibra y resina.
“Es fácil de contar y bastante más difícil de hacer”, reconoce después de haberse enfrentado a una técnica que quienes reparan lanchas, por ejemplo, tienen más dominada. Además, hay que contar con los vapores tóxicos que despide el material. “Es un lenguaje que se asimila a la fundición: hacés un molde y después copias. Pero hacer fundición acá es inviable, es un berretín.
Mi obra tiene mucho de eso, de jugar con la tradición escultórica como oficio, del bronce, de la talla en piedra o en madera, de los moldes de yeso, pero dándole el toque inconfundiblemente contemporáneo.
Ahí está mi guiño”, explica Santangelo, quien también probó haciendo bodegones escultóricos emulando las pinturas de Cézanne. A pocos pasos de los perros, a los que dio un acabado de esmalte grafiteado, está el taller del artista, de donde salen piezas bien distintas, en madera y mármol. Materia prima no le falta. Cuando un conocido hace podas en su campo, cuando un temporal arrasa, o cuando hay demasiada sombra en su propio terreno, allá va el escultor. No es extraño que se deje guiar por la forma que le sugiere una rama de ciprés, un tronco de araucaria, un roble africano, un ligustro. “Cada cosa tiene su historia. Mi fuerte es la madera: tallo desde los trece años. Cuando trabajás piedra es otra tecnología, es bien trabajo de picapedrero. Trabajo en mármol blanco, que en Uruguay hay bueno. También he hecho cosas en mármol de Carrara de demolición. Es un material alucinante”. Pese a que atesora gubias de todo tipo asegura que “ya no es una opción, hay que trabajar con máquinas, motosierra, electrosierra, porque cuanto más conocés el material te acorta los tiempos y deja una impronta”.
No es frecuente toparse con escultores. “Lo decía Podestá: cada cien pintores hay cinco escultores. Tiene que ver con la infraestructura necesaria”, opina Santangelo, que vive de la docencia.
Su trabajo mejor pagado lo logró al ganar el concurso para realizar el nuevo mascarón de proa del buque escuela Capitán Miranda. En equipo con Javier Abdala y otras cuatro personas, con quienes ejecutó el proyecto, tuvo que atenerse a los requisitos que imponían las bases, entre ellos incluir el nombre del barco y la cara de Artigas, para la cual tomaron como base el rostro pergeñado por Zorrilla. Recibieron 21 mil 500 dólares, y cada año, cuando el Capitán Miranda regresa al país, se encargan de efectuar las tareas de mantenimiento, ya que el mascarón se desgasta con cada travesía. En cuanto a la experimentación, el escultor no se detiene.
“El año pasado en Bellas Artes hicimos un trabajo de música con escultura.
Sobre una pista electrónica tocamos arriba como una banda de motosierras, taladros, amoladoras, y la escultura era como un resultado aleatorio de la huella que iba dejando la máquina.
Estuvo bueno. Lo vamos a seguir laburando”, promete.
sociEdad dE consumo
El retorno de la tasa de inversión en el arte nacional es el tema de la tesis de agustín sabella (Montevideo, 1977), artista y estudiante de Dirección de Empresas. Las conclusiones no son muy alentadoras, a menos que se esté inserto en el campo del arte y se sepa exactamente en qué artista emergente depositar la confianza. De lo contrario, según los estudiosos de la economía de la cultura, el arte es un negocio riesgoso. Sabella no encuentra conflicto en vender sus cuadros y dice que hasta ahora no se puede quejar.
“Parto de la base de que el arte es un producto elitista. Si yo quiero comprar un Mercedes Benz no puedo ir con dos mil dólares a la automotora. Esto es lo mismo”. Expuso por primera vez en julio de 2007 y la mejor venta que realizó ascendió a 5 mil dólares. Es el precio de su faena: alrededor de nueve horas diarias en su taller del FAC, donde desde hace tres años su street art se adueñó hasta de las paredes.
Trabaja en simultáneo en varios cuadros y pide opinión cuando se confunde.
“Tengo una abuela que pintaba, una tía abuela que hacía tapices. Era el nieto al que llevaban al museo y le regalaban lápices de colores.
Mis cuadernos de niño están todos garabateados. Es una larga experimentación. Hice unos años en Bellas Artes y no me aportó nada. Para ellos, arte contemporáneo es el de 1960”, dispara, tajante. Su obra son casi siempre stencils, es decir, plantillas con motivos recortados que aluden a la iconografía pop, esmaltes, acrílicos y sprays vibrantes sobre tela, madera o metal. Muchas veces sobre chapas de señalización apropiada, o sobre puertas de heladeras o lavarropas viejos. Sabella trabaja con capas de sentido: detrás de sus pinturas saturadas es posible distinguir todavía la textura previa, los logos, las marcas; un verdadero palimpsesto. Tituló Prócer a la pintura de Artigas en el cuerpo de Charles Atlas con taparrabos animal print sobre una bandera patria gastada. ¿Y cómo define él al arte joven? “Creo que es un tema cultural más que de edad. Ves una obra de Margaret Whyte y tiene cordones flúo.
El campo del arte en Uruguay tiene de todo. Hay mucha gente talentosa, pero que me guste, poca cosa. Juan Burgos me alucina y tiene bastante que ver con lo que hago, por más que él utiliza collage, pero tiene una vuelta irónica igual que yo”. Admirador de Bansky y Damien Hirst, asegura sin dudar que la mejor obra que vio en su vida fue la Capilla Sixtina: “fue un shock”. Hasta hace unos meses, cuenta, para pintar con flúor en Uruguay había que fabricar la pintura con los pigmentos, importarla de Estados Unidos o decidirse por el aerosol. “El sténcil me permite lograr una imagen súper limpia. Siempre me dio por pintar todo lo que encuentro. En la calle está bueno porque tenés un contexto que refuerza la idea. Si encontrás la imagen y el lugar adecuados, hay como una sinergia. Aparte, sorprendés.
Con que lo vea una persona y se ría ya está”. Últimamente, cuando se cruza ocasionalmente con otros graffiteros, está repitiendo la imagen de un niño de cuatro ojos.
“Es el que desea todo, pero también es el panóptico, el control social”, explica Sabella, gran lector. Obras suyas obtuvieron una mención de honor en el Premio Cézanne 2006, fueron exhibidas en el Museo Nacional de Artes Visuales, en el MEC y en Engelman-Ost, además de estar permanentemente en el FAC y de integrar colecciones particulares en Estados Unidos, Suiza y Uruguay. A Sabella le interesa el campo del arte desde todos los ángulos, incluso dando clases a niños o haciendo curadurías.
No descarta nada, salvo que no quiere estar en una galería comercial, al estilo ortodoxo, por nada del mundo.
puntadas sin hilo
ana campanella acaba de encontrar una veta en la cual piensa seguir un buen tiempo.
Es el bordado en aluminio, esto es, alambres insertos en planchas de metal o sobre planchas de mdf (madera compensada) forradas con lienzo, dibujando con sus contornos desde retratos que tienen como base una fotografía hasta portadas de revistas de moda.
Esa es la causa de que un motor de mecánico dental se haya sumado a las herramientas de esta futura arquitecta de 28 años para poder perforar el material. “La rigidez del metal y lo blando de las imágenes conviven en cada obra generando situaciones de particularidad”, describe Campanella en la página web del FAC sobre esta nueva etapa de su carrera que se remonta al año 2005.
Antes se había dado a conocer como artista digital, con técnicas de animación y fotografías intervenidas, y como tal expuso y recibió premios en Uruguay, Argentina y Chile. En ese momento su obra era muy colorida. Ahora la computadora la ayuda a concebir una primera parte de estos bordados, el paso previo a ejecutarlos. La etapa racional queda confinada a la máquina, pero una vez que se traslada al metal trata de darle al material la máxima expresividad plástica.
“Mirando televisión y revistas se me disparan ideas, entonces las escaneo o las busco en internet, después las dibujo en Photoshop o en Corel. Ahí las calco, hago el boceto, le agrego, le quito elementos, lo imprimo y lo trabajo como molde.
Lo pongo arriba de la plancha y lo calco en la chapa”, explica. Campanella se vale de alambres de distinto grosor, y como las chapas no la terminan de convencer, quizás cambie por el anodizado, ya que el aluminio se mancha con facilidad. En el pasaje de la portada tomada como modelo a la obra que la recrea no sólo hay un cambio de soporte.
También agrega sin inocencia logos que pueden llegar a ocupar el lugar de la boca o bordados menos atados a la plancha, que operan como un bajorrelieve rebelde, que se desentiende del plano y multiplica su trama hacia el espacio en dirección al espectador. “Trato de mantener el espíritu del bordado”, argumenta. Para presentarse al Premio Paul Cézanne, cuya premisa eran los años ‘60, bordó una campera con consignas en francés y el nombre de Liber Arce, y agregó un ringtone con La Internacional sonando. Lo más reciente de su búsqueda es la inserción de bordados de hilos de aluminio sobre diversas prendas, incluso calzado. Las preocupaciones conceptuales, en cambio, siguen siendo las mismas.
“La relación de la mujer con las revistas, la publicidad y la moda. La respuesta ante el agobio de cómo tiene que ser”.
Su mejor venta, hasta el momento, ascendió a mil 700 dólares, y el futuro inmediato la encontrará este año en la feria ArteBA con la galería Del paseo.
mundo dE JuguEtE
ana bidart explica que el arte es algo natural en su vida, ya que su padre es pintor.
Claro que su paleta cromática difiere en extremo: ella suele utilizar tonos pastel, el rosado, el fucsia y otros colores generalmente asociados con lo femenino. Se ha hecho conocida por trabajar con materiales de baja complejidad, como la goma eva, que al principio exploraba en el plano.
Diseñaba púberes sufrientes y sexuados, en un entorno de estrellas, corazones y arco iris, con claras reminiscencias a la crueldad del manga. Gradualmente le encontró posibilidades escultóricas y más abstractas. Probó armando prismas hasta que decidió que era mejor montar capas de colores como extrañas montañas sicodélicas. Las corta con tijera –su prolijidad es característica– de forma sinuosa, orgánica, y con paciencia ve elevarse sus obras de hasta trescientas láminas, que une con Cascola y coloca en cubos de acrílico.
"Tengo una estética random, de licuadora", sostiene a sus 24 años. Formada en el Centro de Diseño Industrial tanto en la vertiente textil como en la industrial, confiesa que nunca abandonó la cartuchera y que los niños son su público más entusiasta.
Lo dicho no obsta para que una pieza de la serie Fin del mundo haya sido seleccionada en el Premio Nacional de Artes Visuales Hugo Nantes y que su dimensión escultórica haya sido validada al ser invitada a Una sombra en el arte uruguayo, nada menos que un homenaje al artista Gonzalo Fonseca.
Si bien los volúmenes de Bidart tienen una apariencia cándida, su intención es contraria: la creadora no los concibe como montículos que se elevan sino que se desmoronan.
“Nada es lo que parece”, asegura Bidart, quien ya fue curadora invitada del Concentrado de arte y diseño del programa Plataforma, del MEC.
CuestiOn de espACiO
“El arte joven no es lo que más se vende. En Uruguay no existe un mercado del arte. La gente compra lo que le gusta, no por la edad del artista o porque sea una inversión”, anota Pablo Marks, con medio siglo de trayectoria al frente de Galería Latina. Para acceder a un sitio en su local, Marks se refiere a “calidad artística” y pone el ejemplo de Raúl Olivera, un pintor joven que se inclina por los motivos campestres. No es el único requisito, advierte. “Aquí todos los artistas deben tener una empresa unipersonal para aportar a la DGI y al BPS, y no todos pueden lidiar con esos trámites engorrosos, ni todos alcanzan las cifras mensuales que para ello se requieren. Para el artista joven es mucho más fácil exponer en centros culturales extranjeros o en museos y salas del Estado que en galerías comerciales. Dios quiera que en un futuro se revea”. Aparte de los escollos burocráticos, el veterano galerista advierte cierta incompatibilidad edilicia con las expresiones en soportes no tradicionales: “no hay espacio físico en una galería comercial. Yo creo que el lugar natural del artista joven son los museos”. A Isidra Delfino, de 525 Art, no la desvela el espacio. La suya es una galería cien por ciento digital. “Nosotros representamos sólo artistas uruguayos, en su mayoría jóvenes o lo que se llama emergentes, artistas que ya están en el mercado, que han ganado premios, que tienen reconocimiento pero que no necesariamente están a la venta de forma sostenida”. Su colega en el mundo virtual Enrique Abal Oliú comenzó con Arteuy en 2001 y actualmente los nuevos talentos ocupan una cuarta parte de su catálogo. Abal plantea con franqueza las reglas del negocio: “los artistas emergentes tienen precio de emergentes, lo cual los hace tentadores para un eventual comprador o coleccionista que quiera apostar con menos plata a un catálogo más numeroso y con posibilidades de crecer en el futuro”. La cotización de la obra depende de cuántas exposiciones tuvo, el tamaño de la pieza, la técnica y otras tantas variables, pero en general oscila entre 300 y 500 dólares. En Marte Upmarket, ubicada sobre la calle Colón de la Ciudad Vieja, los artistas jóvenes copan el 50 por ciento del stock. “Me interesan mucho, como me gustan los discos nuevos, pero sigo escuchando a Pink Floyd”, bromea Gustavo Tabares aludiendo a artistas de generaciones mayores pero con un alto grado de originalidad, como Ernesto Vila o Cecilia Mattos. Ante el desafío de nombrar a los jóvenes más prometedores cita a Abreu, Verges y Ernestina Pereira, “una artista muy jovencita que ahora está trabajando obras con pelo”. En tren de destacar a algunos de sus artistas, Abal subraya que “Juan Pedro Paz, si bien ha tenido algún premio en el (ex) Salón Nacional, tiene mucho potencial de futuro. Otros, como Ana Méndez, por ejemplo, cuando empezamos eran emergentes y ya no lo son más, porque han hecho muestras por todos lados".
irrupcionEs urbanas
Recientemente bajó del Centro MEC la última muestra colectiva en la que gerardo Podhajny participó. Se llamó Homenaje a la cursilería y contó con la curaduría de Alfredo Torres.
Allí el artista montó un altar pagano en base a una foto que le tomó a su madre junto a un ramo de rosas rojas, a partir de la cual imprimió estampitas rebautizándola como Santa Alicia, nuestra señora de Malvín Norte.
Fue menos problemática que aquella intervención a mediados de 2008, con curaduría del argentino Ezequiel Steinman y en la misma sala, consistente en un caudal de desperdicios tal que los organizadores lo invitaron a retirar el colchón sucio y gastado que formaba parte de su propuesta. El propio artista reconoce que el colchón apestaba. Para mayor desconcierto de los presentes, durante el vernissage Podhajny y sus secuaces repartieron parte del dinero destinado a montar su exposición. Él es el mismo que hace dos años desperdigó por la sala de exposiciones del Subte pequeños muñecos confeccionados con objetos encontrados en la calle o directamente en la basura. Decir que los confeccionó es exagerar bastante, ya que la serie estaba compuesta por trifásicos chamuscados, piezas de grifería, tapones, palillos, cables y desechos de todo tipo a los que sólo agregó un par de ojos de plástico.
Al conjunto de piezas lo llamó Proceso de legitimación del espacio urbano –aunque en confianza les decía simplemente bichitos– y gracias a él se hizo con la mención de honor del Salón Municipal 2007, no sin sorpresa de sus colegas.
Mientras desarrolla distintos proyectos de arte efímero en los que frecuentemente denuncia empresas, productos o realidades a través de lo que considera una acción subversiva, paralelamente, este egresado del Centro de Diseño Industrial se gana la vida como creativo publicitario. Quiso el destino que tuviera que diseñar campañas para causas a las que se había opuesto en su faceta como artista. Gajes del oficio, tuvo que admitir. En el otro extremo, con su colectivo Hungry Artist Foundation desarrolla iniciativas callejeras que incluyen murales y performances frente a un público poco a nada prevenido. Los proyectos del grupo, integrado por un número variable de personas, y con frecuencia asociado a otros colectivos, suelen plantearse con un presupuesto reducido, que reafirma el nombre que los reúne. Podhajny tiene a Marina Abramovic (Belgrado, 1946), considerada una de las abuelas de la performance, como una artista a seguir, aunque es el primero en reconocer que sus acciones implican poco o ningún riesgo. Un amigo suyo, cuenta, realiza una performance durante la cual se cose un botón al lóbulo de la oreja.
Claro que ese amigo no fue admitido en el circuito artístico oficial. Todavía.
 
     
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