Gattás: no es momento para ostentaciones

Otegui: cocktails y bordados en baja

García Mansilla menos comidas afuera

Parrado: menos recaudación menos gasto


Pinet: salidas controladas para todos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Placeres financiados

Contra viento y marea, hay rubros que no se dan por vencidos. "Es recurrente que los clientes me digan: 'me agarra en un momento espantoso, pero el cumpleaños de la nena no lo puedo dejar de hacer'", confiesa la caterer Elena Tejeira, que ahora "pesifica" sus presupuestos apenas se los confirman.

Obviamente, todos piden descuentos y financiaciones, y la nueva realidad económica enterró las pompas que caracterizaban a los lanzamientos empresariales, las inauguraciones de plantas industriales o la apertura de sucursales bancarias. "Antes cortabas la calle, marchaba una banda, tirabas fuegos artificiales. Hoy todos te pelean el precio, aunque nadie mide la cantidad de la comida, comida siempre tiene que haber", resume Tejeira, que igualmente redujo su personal en un 50 por ciento y se mudó a una casa mucho más racionalizada a los efectos de su trabajo.

"Aunque trabaje con clientes de poder adquisitivo alto, la parte de fiestas se achicó", reconoce en su apartamento del Centro el diseñador Walter Otegui. "Las clientas vienen aproximadamente dos veces por año, pero hay menos cantidad de gente y, en términos generales, cambiando accesorios la ropa de un año marcha para el siguiente", explica el modisto, que admite vivir de los casamientos, es decir, de los trajes de novias y madrinas.
Los tiempos han cambiado también para la Alta Costura. Otegui ya no hace colecciones ni invita más a sus recordados cocktails para presentarlas en sociedad. Decidido a adaptarse a los nuevos vientos, acaba de aceptar la invitación del restaurant Panini's para colgar un perchero el 17 de Julio, durante una de sus promocionadas Tardes de Chocolate.

Hace dos años, los trajes que llevaban su firma costaban un 30 por ciento más que ahora, cuando las señoras se los piden "con menos bordados" y la misma calidad de elaboración.

Poco tiempo atrás, los enemigos de los peleteros como Alejandro Fogel eran los grupos ecologistas. Hoy, la falta de dinero es más peligrosa que las campañas de Greenpeace. Según el dueño de la peletería Cantegril, entre 1998 y el corriente 2002 se nota una merma del 60 por ciento en la reserva de cámaras frigoríficas para conservar las pieles, servicio por el que cobran unos 160 pesos al mes. La crisis también redujo el precio de las pieles más costosas: un zorro o un visón por el que antes se pagaban entre 2 mil y 2 mil 500 dólares, hoy puede conseguirse por mil 500.

Otros artículos suntuarios, como los objetos decorativos, están igualmente en baja. "No hay ánimo de compra", resumen los dueños de Vivai, cuyas rebajas de temporada en Montevideo y Punta del Este siguen siendo una tentación para los clientes acostumbrados a esos placeres domésticos. Sin embargo, "hoy no importa si algo vale 100 o 50, la gente no quiere comprar", lamentan los impulsores de esta casa de decoración que pesificó los sueldos a sus empleados y redujo la compra de artículos en el Exterior.

Recortes de otro tipo

"Tenemos una merma de público de un 30 o un 40 por ciento respecto al 2000", estima Gabriel Reggiardo en el salón de Llongueras. Este peluquero acostumbrado a tratar las cabezas del segmento ABC1, como llaman los asesores de marketing al estrato económico más alto, sabe que cuando las mujeres dicen "no tengo tiempo", quieren decir "no tengo dinero".

"Se cortan hoy, la semana que viene se hacen un color, la otra los reflejos, la siguiente se vuelven a cortar. Hacen como una calesita: difieren el trabajo que antes hacíamos en un día para hacer coincidir los cierres de las tarjetas de crédito, pero para nosotros el costo operativo es el mismo. Antes teníamos una relación contado-efectivo 50 a 50, mientras hoy es 80 por ciento de tarjeta y 20 por ciento efectivo. Hay gente que mantiene su nivel de gastos, pero la tarjeta de crédito es como el tanque de combustible, tarde o temprano hay que llenarlo. Hay veces que me hacen probar con una tarjeta y otra a ver en cuál queda bonus", cuenta asombrado.

Sensibles a esas debilidades económicas, vienen de lanzar la tarjeta Member Club, que incluye servicios como corte, lavado, trabajos técnicos (color, reflejos, etcétera) más packs opcionales de manicuría, maquillaje y peinados y se paga en 12 cuotas de 872 pesos, mediante un débito automático. Con esta jugada esperan que las señoras dejen de llegar con el pelo mojado para evitar el costo del lavado y se vayan con la cabeza empapada con tal de saltear el costo de un brushing.

Hay más recortes. El doctor Alberto Elbaum confiesa que en su clínica, toda estética facial -con cirugía o sin ella- está en caída porque la gente la considera prescindible o postergable, así como la cura de los trastornos alimentarios. Además, Elbaum es consciente que con la tentadora opción de sacarse las arrugas en la devaluada Buenos Aires, "el paciente se ahorra un 60 por ciento, pasa un fin de semana allá, y encima se divierte y come. Yo no reduje el número de pacientes, pero como bajé los precios necesito más para cubrir los mismos costos", resume el médico quizá sin imaginar que sus colegas porteños han afilado sus bisturíes llevándoles a cortar los bolsillos de las uruguayas con precios idénticos o aún mayores a los charrúas.

"Lo nuestro es completamente prescindible", reconoce en la misma cuerda Jorge Freccero, nieto del fundador de la famosa joyería montevideana que abrió sus puertas en 1868 y ofrece desde pequeños platos con baño de plata a diez dólares, hasta brillantes que trepan a los 50 mil verdes. Obviamente, las ventas que se concretan hoy son los regalos para bodas: aparentemente, los VIPS dejaron de celebran sus aniversarios con joyas.

Al parecer, lo que ni los ricos más prudentes dejan de hacer es recorrer el Planeta. Eso afirma Carlos Omar López, gerente comercial de Jorge Martínez y Asociados. "En definitiva, el viaje es el único momento en el que el mortal se distiende. Sabemos que a nivel general la primera reacción es a contraerse, pero el que tiene no restringe nada", apuesta muy convencido López antes de contar que el estilo de planear sus viajes distingue a los VIPS del resto de los mortales: ellos compran el transporte aéreo, el alquiler de un vehículo, y a partir de ahí se manejan solos. Aunque en lugar de volar a Europa o Estados Unidos ahora deban limitarse a la Patagonia argentina o el nordeste brasileño, ellos ni piensan sumarse a una excursión.

Bolsillos a dieta

Paradójicamente, un comercio como Los Domínguez, que no ofrece productos de primera necesidad ni se caracteriza por vender gangas, dice subsistir con un público muy heterogéneo.

"Hace diez años, el 80 por ciento de nuestra venta se basaba en el whisky. Ahora se basa en el vino, que en comparación resulta más caro, porque uno lo termina consumiendo más rápido", es lo primero que viene a la cabeza de Celso Domínguez, dueño de la licorería, cuando se lo consulta sobre los efectos de la crisis.

Su experiencia detrás de la caja registradora no habla tanto de un descenso en las ventas como de un cambio en las costumbres. "Se nota que hoy la gente mide la compra, lleva lo que precisa y un poco menos, aunque hay productos que siempre fueron inalcanzables, como los vinos de miles de dólares". En Los Domínguez, la moderación en el volumen de los paquetes, como sucedió en el último Día de la Madre, contengan éstos bombones, Cointreau o cigarros finos, se alterna con el furor que provoca un café italiano, el sensible aumento de pagos con tarjeta de crédito, y hasta la especulación de clientes argentinos. "No todos están con la cacerola. Hay gente que viene a hacer mandados y se toma el barco de vuelta", cuenta Domínguez antes de revelar un secreto a voces: llegan en busca de tabacos ingleses "discontinuados" del otro lado del Plata.
Sin embargo, y salvo las excepciones de siempre, la crisis impone la contracción del consumo.

"Parte de la baja de público la hemos absorbido nosotros" -cuenta Roberto Behrens, uno de los dueños de Café Misterio- "cuidando los insumos como luz y gas, y ajustando los pedidos de materia prima para que no haya sobrantes, porque a veces pedíamos de más y ya se sabe que frutas y verduras se echan a perder muy rápido. Tratamos de seguir siendo operativos pero no gastando demasiado. Por ejemplo, este año en la parte decorativa hicimos mucho con poco", resume el alma mater de este reducto VIP carrasquense.

A pesar que el consumo per cápita ha bajado "cualitativamente", los socios de Café Misterio se las han ingeniado para seducir a su clientela con promociones tentadoras, que van desde las wine & bar sales, hasta los sushi packs que ofician de anzuelo para los adictos a la gastronomía oriental entre lunes y jueves.

En el colega W. Lounge, mientras tanto, "el público se ha reprimido", dice Beto Lamas, uno de sus responsables. "Gastan entre un 30 y un 40 por ciento menos" -avanza Lamas en su reducto del Parque Rodó- "y la alternativa de juntarse con amigos en una casa compite con nosotros. En el restaurant, de pedir entrada, plato, y postre, pasaron a ordenar sólo un plato principal". Y a la hora de beber, el champagne es el rubro más afectado por la crisis. "Acá no es como en Argentina, que lo toman hasta para acompañar la cena, acá lo piden para celebrar algo y hoy no hay mucho ánimo de festejo".

"La gente busca ubicarse, busca precios", explica por su lado Ana María Bozzo, chef y propietaria de Doña Flor, que lleva unos 30 años alimentando los paladares más exigentes. "Hay que abusar de la creatividad para encontrar un precio para mis clientes a la altura de mis posibilidades. Yo puedo lidiar con mis costos pero no con los del Estado. Es ingobernable", se queja la premiada gastrónoma, que en tren de ponerse al alcance de los bolsillos adelgazados y de las nuevas generaciones, hace un año abrió la más sencilla y accesible opción de un bistrôt en la misma casona de Bulevar Artigas por la que han pasado presidentes, grandes empresarios y otras celebridades en busca de manjares.

A diferencia de Bozzo, Chelita Ferrés no está entre sartenes y cacerolas las 24 horas. Pero en lo suyo, la industria textil algodonera, también es una empresaria acostumbrada a recortar gastos: economizando energía, reduciendo infraestructura, o achicando el personal. Como presidenta del consejo directivo de ArsLyrica aprendió a negociar el cachet de los artistas, y hasta en su propio hogar tuvo que desterrar ciertos prejuicios en favor de la economía. "Yo no usaba las lentejas, y este año he hecho unos platos paquetísimos con pechito de cerdo y me di cuenta que se pueden hacer cosas sofisticadas y hasta recibir invitados muy bien con polenta con champiñones. Eso lo vi mucho en España, donde utilizan la butifarra. Trato de esmerarme para que los platos me queden lucidos con cosas baratas y nutritivas".
Su título de licenciada en inversiones financieras vino de perillas para ajustar los gastos del hogar, donde redujo horas a la empleada doméstica, puso límites con el teléfono, ordenó que los calefones sólo se prendieran para usarse, y los productos sofisticados de limpieza fueran suprimidos en favor de viejos métodos como el pulidor y el hipoclorito. "Es como decía mi abuela" -remata muy decidida Chelita- "vamos a no crearnos tantas necesidades".

 
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